
Esta mañana, apenas llegó a la Universidad y se acercó a donde ella se hallaba sentada, todo parecía o hacía suponer que las cosas no cambiarían como alguien (alguna de las amigas íntimas de la muchacha) lo tenía previsto desde la noche anterior (al parecer la noticia empezó a circular a eso de las diez de la noche, luego de retornar de una fiesta organizada por Paquita Rosales en la casa que tenían sus padres en la playa). A él lo habían llamado también cerca de las once (seguramente Lino Arróstegui o Lucas San Martín, sus amigos más cercanos) y se lo soltaron de golpe:
- Pero, viejo, ¿qué ha sucedido con Blanquita? Todos andan diciendo ahora que han terminado. A mí me lo acaba de confirmar Lolita Cedrés.
- ¡Qué!... El silencio y una especie de atolondramiento evitarían que las palabras se formaran en su cerebro como debía ser y el humo del cigarrillo le produciría tal atragantamiento, que por poco y se queda muerto en el acto, si no era tanta su suerte y lograba coger el vaso de agua que, por cosas que tiene el destino, él mismo se había traído sin saber por qué apenas llegó a la casa cerca de las siete. Claro, Arróstegui o San Martín serían partícipes indirectos de tal espectáculo casi necrológico pues oirían claramente los gritos de terror, la tos, los libros que caían al piso en desorden, y el posterior gangueo y devaneo apenas terminado de beber el líquido elemento.
- ¡Pero qué tontería dices! Y nuevamente el carraspeo de la garganta, como asegurándose de que ya respiraba bien y el cigarrillo de mierda que en ese preciso instante se quemaba entre la sábana nueva y él, desesperado tirando de ella para evitar el incendio. No podía ser que esto estuviese pasando. Él no podía creer tanto desorden. Si hasta la mañana andábamos tan bien. ¿Qué pasa?, se preguntó mentalmente, dudando entre la idea de una broma de mal gusto o era que de verdad algo muy raro estaba pasando.
- No es ninguna tontería. Acaban de llamarme para decírmelo. Por eso te llamé, para saber qué sucede.
Cuando colgó el auricular, en el estómago la ansiedad y el temor se le hicieron un revoltijo repugnante y corrió al baño y vomitó como un salvaje. Eran más de cuatro años. Nos presentó el flaco Quezada, lo recuerdo muy bien. Hemos vivido de todo juntos. Entramos a la misma Facultad. Hemos hablado miles de veces de lo nuestro, de lo que nos espera, de lo que queremos, de lo que haremos. Hasta hemos planeado comprar una casa, un departamento, cualquier cosa en donde vivir juntos en el menor tiempo posible. No puede ser esto. No puede ser verdad. Entonces pensó en llamarla, que sepa que sabía lo que, al parecer, sabían ya todos los demás. Sin embargo, más calmado, decidió callar, no decir nada; esperar que llegue el día y las cosas caigan por su propio peso. Si quería terminar, ahora era el momento adecuado. Por qué me voy a hacer problemas; mujeres es lo que más sobra, pensó y se encendió otro cigarrillo. Así estuvo, fumando, pensando, imaginando posibles sucesos y finales, hasta que dieron las cinco de la mañana y se dio el respectivo baño. A las seis bajó. Su madre veía el noticiero en la sala. Su desayuno estaba servido: café supercargado y un par de tostadas.
- ¿Qué pasó, hijito? ¿No has podido dormir? Toda la noche te hemos escuchado con tu padre dando vueltas por el cuarto.
- No es nada, sólo unos exámenes.
Y ahí estaba, frente a ella, mirándola fijamente y observando recién un montón de arrugas sobre sus cejas, en los párpados transparentes opacados por el color del maquillaje; la seguía mirando y le pareció ver a una desconocida, una mujer que le mostraba su verdadero rostro, recién, luego de tanto tiempo; y le pareció absurda, fea, quizá un poco degradada por la noche y la verdad que le tenía en la punta de la lengua. Quiso hablar, decirle algo, pero recordó, como jalado por una fuerza extraña y malévola, la mañana en que el gordo Estévez lo llevó a conocer la calle de los libros viejos y, animado por el craso amigo, eligió uno que le llamó la atención desde que entraron por la vía principal. Era grande, de más de cuatrocientas páginas, de un autor alemán traducido por un filólogo español, supuestamente. Trataba de la historia de las enfermedades durante la edad media en Europa. Pagaron y se fueron por la Plaza de Jesús. Entraron a un bar y ahí, entre cervezas heladas y cigarros, empezaría a hojearlo hasta que logró dar con la fotografía de la posible dueña anterior (una mujer joven y atractiva). La foto estaba superpuesta entre la página 345 y 346, al parecer durante más de veinte años, si tomamos en cuenta que la firmaba el 29 de junio de 1973 con la siguiente nota: “A quien consiga este libro, sea el año que fuere, por favor, apenas lo termine de leer, hacérmelo llegar a mi domicilio en la Avenida Central 3456; se le dará una suculenta gratificación.
Isabel Sofía del Bosque y Vizcarra.”
Cuando salieron del bar, con ocho cervezas encima y una embriaguez lenta pero eficaz, caminaron por Miraflores y El Torreón; dieron vueltas por el Mercado Iturbarri y entraron por fin a La Central. Caminaban sin decir nada; él abrazaba el libro como a una reliquia insuperable, recordando el rostro blanco y la figura tan sublime de la mujer que, antes que él, había tenido ese mismo puñado de hojas entre sus manos tan bellas. Llegaron a la dirección. Observaron la casa (era enorme) y volvieron a alejarse. Apenas llegó a su habitación empezaría con la lectura del primer capítulo. Por momentos se tornaba incomprensible; había datos que tenía que contrastar con algún libro de semiología médica que guardaba del primer año de universidad. Conforme iba leyendo iba arrastrándose por un mundo grotesco y pestilente. Las diarreas, el cólera y todos los males del siglo XIV y XV se le presentaban como una mancha que se le adhería al cuerpo.
Tardó un par de semanas en leer el libro. La tarde de aquel día se aventuró y volvió por el camino de Miraflores y El Torreón (el gordo andaba metido en el hospital por una crisis de asma). Apenas estuvo frente a la casa, presionó el timbre y alguien fue acercándose lentamente a abrirle la puerta…
Estar cerca es como andar muy lejos; la miro, sé que está a solo unos centímetros; estoy dentro de sus ojos; cuanto más me acerco a ella, más me siento distante y no sé qué puedo decirle, porque es un riesgo todo, abrazarla y darle el primer beso o solamente estrecharla o acariciarla. Me estoy volviendo loco, nos vemos cada día, le he mandado cientos de mensajes al celular pero eso no significa nada, quizá es muy poco para atreverme a dejarme el corazón en su boca y blablá. No puedo más. Le preguntó sin pensar y ella respondió que era cierto, que lo lamentaba; y yo vuelvo a la sonrisa, a la carcajada cuando, en el pasado, la mujer me dice que el libro era de su padre y que lo remató porque alguien le había dicho que era lo peor que se había podido escribir nunca. Y el café caliente que endulzaban sus labios de mujer hermosa a pesar del tiempo. Los biscochuelos; el perro que me seguía desde el otro lado de la sala; sus ojos dulces mientras me miraba y me contaba sobre su padre y su familia, y sus hijos que no tardaban en llegar, y lo increíble que les parecería.






