lunes 9 de febrero de 2009

BÚSCAME ESTA NOCHE


Esta mañana, apenas llegó a la Universidad y se acercó a donde ella se hallaba sentada, todo parecía o hacía suponer que las cosas no cambiarían como alguien (alguna de las amigas íntimas de la muchacha) lo tenía previsto desde la noche anterior (al parecer la noticia empezó a circular a eso de las diez de la noche, luego de retornar de una fiesta organizada por Paquita Rosales en la casa que tenían sus padres en la playa). A él lo habían llamado también cerca de las once (seguramente Lino Arróstegui o Lucas San Martín, sus amigos más cercanos) y se lo soltaron de golpe:
- Pero, viejo, ¿qué ha sucedido con Blanquita? Todos andan diciendo ahora que han terminado. A mí me lo acaba de confirmar Lolita Cedrés.
- ¡Qué!... El silencio y una especie de atolondramiento evitarían que las palabras se formaran en su cerebro como debía ser y el humo del cigarrillo le produciría tal atragantamiento, que por poco y se queda muerto en el acto, si no era tanta su suerte y lograba coger el vaso de agua que, por cosas que tiene el destino, él mismo se había traído sin saber por qué apenas llegó a la casa cerca de las siete. Claro, Arróstegui o San Martín serían partícipes indirectos de tal espectáculo casi necrológico pues oirían claramente los gritos de terror, la tos, los libros que caían al piso en desorden, y el posterior gangueo y devaneo apenas terminado de beber el líquido elemento.
- ¡Pero qué tontería dices! Y nuevamente el carraspeo de la garganta, como asegurándose de que ya respiraba bien y el cigarrillo de mierda que en ese preciso instante se quemaba entre la sábana nueva y él, desesperado tirando de ella para evitar el incendio. No podía ser que esto estuviese pasando. Él no podía creer tanto desorden. Si hasta la mañana andábamos tan bien. ¿Qué pasa?, se preguntó mentalmente, dudando entre la idea de una broma de mal gusto o era que de verdad algo muy raro estaba pasando.
- No es ninguna tontería. Acaban de llamarme para decírmelo. Por eso te llamé, para saber qué sucede.

Cuando colgó el auricular, en el estómago la ansiedad y el temor se le hicieron un revoltijo repugnante y corrió al baño y vomitó como un salvaje. Eran más de cuatro años. Nos presentó el flaco Quezada, lo recuerdo muy bien. Hemos vivido de todo juntos. Entramos a la misma Facultad. Hemos hablado miles de veces de lo nuestro, de lo que nos espera, de lo que queremos, de lo que haremos. Hasta hemos planeado comprar una casa, un departamento, cualquier cosa en donde vivir juntos en el menor tiempo posible. No puede ser esto. No puede ser verdad. Entonces pensó en llamarla, que sepa que sabía lo que, al parecer, sabían ya todos los demás. Sin embargo, más calmado, decidió callar, no decir nada; esperar que llegue el día y las cosas caigan por su propio peso. Si quería terminar, ahora era el momento adecuado. Por qué me voy a hacer problemas; mujeres es lo que más sobra, pensó y se encendió otro cigarrillo. Así estuvo, fumando, pensando, imaginando posibles sucesos y finales, hasta que dieron las cinco de la mañana y se dio el respectivo baño. A las seis bajó. Su madre veía el noticiero en la sala. Su desayuno estaba servido: café supercargado y un par de tostadas.
- ¿Qué pasó, hijito? ¿No has podido dormir? Toda la noche te hemos escuchado con tu padre dando vueltas por el cuarto.
- No es nada, sólo unos exámenes.


Y ahí estaba, frente a ella, mirándola fijamente y observando recién un montón de arrugas sobre sus cejas, en los párpados transparentes opacados por el color del maquillaje; la seguía mirando y le pareció ver a una desconocida, una mujer que le mostraba su verdadero rostro, recién, luego de tanto tiempo; y le pareció absurda, fea, quizá un poco degradada por la noche y la verdad que le tenía en la punta de la lengua. Quiso hablar, decirle algo, pero recordó, como jalado por una fuerza extraña y malévola, la mañana en que el gordo Estévez lo llevó a conocer la calle de los libros viejos y, animado por el craso amigo, eligió uno que le llamó la atención desde que entraron por la vía principal. Era grande, de más de cuatrocientas páginas, de un autor alemán traducido por un filólogo español, supuestamente. Trataba de la historia de las enfermedades durante la edad media en Europa. Pagaron y se fueron por la Plaza de Jesús. Entraron a un bar y ahí, entre cervezas heladas y cigarros, empezaría a hojearlo hasta que logró dar con la fotografía de la posible dueña anterior (una mujer joven y atractiva). La foto estaba superpuesta entre la página 345 y 346, al parecer durante más de veinte años, si tomamos en cuenta que la firmaba el 29 de junio de 1973 con la siguiente nota: “A quien consiga este libro, sea el año que fuere, por favor, apenas lo termine de leer, hacérmelo llegar a mi domicilio en la Avenida Central 3456; se le dará una suculenta gratificación.
Isabel Sofía del Bosque y Vizcarra.”

Cuando salieron del bar, con ocho cervezas encima y una embriaguez lenta pero eficaz, caminaron por Miraflores y El Torreón; dieron vueltas por el Mercado Iturbarri y entraron por fin a La Central. Caminaban sin decir nada; él abrazaba el libro como a una reliquia insuperable, recordando el rostro blanco y la figura tan sublime de la mujer que, antes que él, había tenido ese mismo puñado de hojas entre sus manos tan bellas. Llegaron a la dirección. Observaron la casa (era enorme) y volvieron a alejarse. Apenas llegó a su habitación empezaría con la lectura del primer capítulo. Por momentos se tornaba incomprensible; había datos que tenía que contrastar con algún libro de semiología médica que guardaba del primer año de universidad. Conforme iba leyendo iba arrastrándose por un mundo grotesco y pestilente. Las diarreas, el cólera y todos los males del siglo XIV y XV se le presentaban como una mancha que se le adhería al cuerpo.
Tardó un par de semanas en leer el libro. La tarde de aquel día se aventuró y volvió por el camino de Miraflores y El Torreón (el gordo andaba metido en el hospital por una crisis de asma). Apenas estuvo frente a la casa, presionó el timbre y alguien fue acercándose lentamente a abrirle la puerta…

Estar cerca es como andar muy lejos; la miro, sé que está a solo unos centímetros; estoy dentro de sus ojos; cuanto más me acerco a ella, más me siento distante y no sé qué puedo decirle, porque es un riesgo todo, abrazarla y darle el primer beso o solamente estrecharla o acariciarla. Me estoy volviendo loco, nos vemos cada día, le he mandado cientos de mensajes al celular pero eso no significa nada, quizá es muy poco para atreverme a dejarme el corazón en su boca y blablá. No puedo más. Le preguntó sin pensar y ella respondió que era cierto, que lo lamentaba; y yo vuelvo a la sonrisa, a la carcajada cuando, en el pasado, la mujer me dice que el libro era de su padre y que lo remató porque alguien le había dicho que era lo peor que se había podido escribir nunca. Y el café caliente que endulzaban sus labios de mujer hermosa a pesar del tiempo. Los biscochuelos; el perro que me seguía desde el otro lado de la sala; sus ojos dulces mientras me miraba y me contaba sobre su padre y su familia, y sus hijos que no tardaban en llegar, y lo increíble que les parecería.

viernes 6 de febrero de 2009

DÉJAME ESTA NOCHE


Ella mira por la ventana; su reflejo la aturde por unos segundos pero en seguida se acostumbra a ver el jardín mezclado con el eco de su rostro en el cristal transparente. Hace muy poco estuvo llorando, en silencio, como si un ahogo de vergüenza la alejara de esta casa y de mi presencia. Estuvimos hablando durante horas, sacando conclusiones absurdas, tratando de aceptar que aquello no era lo peor que podría sucederle a una mujer y a un hombre en esta época. Para colmo llegó papá y su experiencia de médico especialista en guerras y epidemias. No te preocupes, le dice él cada vez que la observa con su rostro adormecido por la desidia, es sólo cuestión de un par de horas y el asunto está terminado. Claro, él tiene las mejores intenciones, sin embargo ella retorna al llanto y al silencio, ese aspecto mustio de su soledad y profunda tristeza. Entonces lo mejor es que se quede sola un rato; y nosotros salimos a beber algo al café de la esquina. Mi padre es frío comparado conmigo, es como si la muerte significara muy poco. Él vio morir a mamá después de dos semanas de transfusiones y utopías de amante. También estuvo con tío Many y la prima Estela con su infarto contundente. Y tantos otros que de seguro se han perdido ya en su mente. Por supuesto que ella no corre peligro de morir ni nada de eso, sin embargo no deja de ser dolorosa tanta sensación inútil. Esa mezcla de resentimiento y orgullo inefable que van socavando cada fecha, cada hora que nos delata (y la señala a ella, sobre todo) como víctimas de un hecho luctuoso y perverso. De cualquier forma no es cuestión de buscar y decidir quién es el culpable. Negarnos al entendimiento, al azar que muchas veces es quien marca el destino y no un Ser Divino o maravilloso tal cual nos enseñan desde que tenemos conciencia del mundo y de lo que sucede.
- Mira, hijo, me repite el hombre con su voz estentórea y cordial, las cosas pasan porque tienen que pasar, nada más; no es tan trágico esto que le sucede a ella. Al final, todos nos acostumbramos de alguna manera a algún tipo de vacío que nace y se desarrolla con nosotros desde siempre. Ya habrá tiempo de buscar como arreglar eso.


Y de pronto suena el teléfono de manera insistente. Abro los ojos y a tientas lo busco sobre la mesita. Son aproximadamente las dos de la mañana, pienso, a medida que del otro lado una voz me hace saber que ha salido un rato a caminar por el muelle viejo, que es probable que la lluvia vuelva a empezar como hacía un par de días. Enciendo la luz casi al momento en que reconozco su voz y sí, aquí no hay nadie, aquí no estás, le digo con el ánimo apagado y el rostro turbio de confusión.
- Sí, me dice la voz; no podía más estar allí contigo sabiendo que nunca se hará realidad lo que tanto quisimos. Y a ti parece darte lo mismo, pero para mí es difícil y tú lo comprendes, me supongo. Soy mujer y ya no tengo quince años. Ambos hemos pasado los treinta y seguimos solos… Siempre habíamos hablado y esperado. Siempre dijimos sí, este año que viene, para la primavera. Y, ya ves, ahora más nunca. Es cruel esto, no te imaginas. Para mí es el infierno saber que jamás seré igual a las otras mujeres de la familia. Mis hermanas, tus hermanas. Por eso tenía que correr, salir a esconderme de eso que está ahí en la casa como un mal congénito. Y encima la lluvia, este frío que adormece mis manos. Pero no te preocupes, no, me traje el abrigo. Lo que quiero es que me escuches desde ahí, que sepas que no puedo más. No me importa la operación; de todos modos tendré que hacerlo y seguramente dentro de una semana estaré como nueva, tal como lo dice tu padre. Lo que pasa es que tengo miedo; no a que me dejes y te vayas con otra, como seguramente lo harás a pesar de tus juramentos y tanta escena; además sería comprensible. Lo que temo es que los demás me tengan lástima. Que yo misma resulte un buen día, de aquí a algunos años, tomando una decisión caótica. Me veré sola, frágil, vieja y con toda la tristeza del mundo querré morir, intentaré poner fin a tanta desgracia continua. Tú ya te habrás ido; tendrás uno, dos, tres hijos sabe Dios con quién y ya no me llamarás ni me buscarás más; y yo me veré ahí, inútil, inservible, y me terminaré matando. Porque la verdad es esa, aunque resulte dolorosa y estúpida. Ahora mismo, mientras miro las olas al otro lado de este armazón de palos, me veo tendida en el piso con tu primera carta y la foto nuestra. Pues aun en ese instante te entenderé y te tendré conmigo… Esta noche quería salir, sólo eso. Y que me escucharas de este modo, como una presencia que empieza a diluirse en la neblina. Saber, comprender cómo se siente la soledad sin ti…


Ella estaba parada ahí, junto a la cabina, completamente empapada. Apenas estuve a su lado la abracé y claro que entendía su tristeza. Sus lágrimas parecían puñaladas de dolor en mi pecho. No importaban la lluvia ni el recuerdo de los primeros encuentros por aquel mismo lugar. Era como empezar de nuevo. Tener la seguridad que la muerte de uno era el final del otro, o que el sufrimiento nos invadía a ambos por completo. Estuvimos así por algunos minutos, hasta que un grito nos devolvió a la madrugada y a la visión fantasmal de las olas llegando a sacudirse en la orilla.
- Ese debe ser el gordo Juancho, le escuché decir más calmada, el que se ahogó cuando terminábamos la secundaria. Dicen que nadie le hizo caso; todos creían que andaba jugando, tomándoles el pelo. Pero no salió nunca.
Yo recordaba todo eso. Lo recordaba al gordo jugando por la casa. La fiesta última que le hicieron por su cumpleaños. Guardo algunas fotos en donde aparecemos abrazados con Leopoldo y Lorena. Y ahora es solo un grito entre la neblina. La muerte debe ser eso entonces: un grito que de vez en cuando arremete en contra de lo cotidiano para retornarnos a la realidad, a la dualidad que abarca lo real y concreto, y en donde no todo es siempre claro o regocijante, pues también existe lo otro, a pesar de que muchas veces nos dejamos llevar por la euforia del momento y obviamos cualquier clase de precauciones ante la caída continuamente presente. Y aparecen las lágrimas, el no poder dormir, la miseria de la existencia a medias, cosa que, si lo pensamos bien, no existía hace una par de meses o años en que creíamos ser los dueños de nuestros sueños, sin tener en cuenta que aquello era sólo una ilusión creada, en el mejor de los casos, por la embriaguez y la lujuria plena. Y es una lástima, porque mientras la veo dormir, ahora sí aquí, muy cerca, se me aparece el tiempo como un desperdicio, una especie de desvarío de sentimientos, planes, palabras que el presente se encarga de envolver en su manto de fango para arrojarlos muy lejos hasta dejarnos sin nada. Y entonces lo único que queda es hacerle caso al viejo, dejar que pase esto y ver después, sin desanimarse, claro, porque eso es lo último que un hombre puede hacer.




domingo 7 de diciembre de 2008

QUÉDATE ESTA NOCHE



Había instantes, fechas en que ella llegaba con su sonrisa de mujer sensible como pidiendo ayuda, sin preguntar por la hora en el reloj o cómo es que habría estado durante todos esos meses de separación y ausencia. La veía llorar con el rostro sereno, perdidos los ojos en el cuadro sobre la cama en donde ella sostenía una flor completamente desnuda. La veía dócil, pálida, insegura de la realidad que nos circundaba entonces, como dudando de que fuera verdad aquel nuevo encuentro luego de más de cuatro meses. Después encendía el primer cigarrillo y yo me apresuraba en servirle un trago, algo que la mantuviera consciente de lo que ocurría, sin ese tic nervioso al tratar de completar una frase. Me sentaba a su lado con la botella recién abierta y ambos bebíamos, al principio en silencio, temerosos de romper la magia, ese tragaluz que se había creado entre su mirada y la mía. Cuando la veía apartarse el cabello de la frente, en una especie de acto de apertura, mis manos atrapaban su rostro de modo extasiado y la acariciaba con un fervor que me estremecía por completo. Me parecía imposible que aquello volviera a pasar. Por eso trataba de dibujarla con mis dedos. Y sí, allí estaba su boca, sus labios entreabiertos y tristes, sus ojos, su frente. Era ella quien continuaba en aquel espacio difuso y casi fantasmagórico.


De madrugada, la lluvia continuaba ahí afuera y yo me alejaba de la cama y me acercaba lentamente hacia la ventana y corría las cortinas para encontrarme frente a una soledad intensa. Hacía rato que ella dormía, quizá por eso (porque la veía acurrucada entre las sábanas, con los pies pequeños interrumpiendo el transcurrir de las horas; además podía imaginar su desnudez discreta y la lenta respiración que le dejaba la embriaguez y el vino) mi cuerpo y mis manos se entumecían de una emoción muy triste. Y, parado de esa manera, espiando el juego que el invierno nos traía entonces, era tan fácil sentir que la muerte pudiera ser un antídoto grandioso para aquella felicidad que, por desgracia (y eso lo sabíamos bien, ambos, desde la primera vez que nos metimos a un cuartucho de hotel barato o desde que empezó a venir con su sonrisa y sus lágrimas, y terminábamos en una entrega que nos perdía más de la cuenta) no estaba destinada para compartirla de manera libre y propia. Sí, morir como dos desvergonzados, sin preocuparnos por nada ni nadie. Era tan fácil cerrar los ojos, dejarnos ir por la sensación de convertirnos en uno solo, ir abrazándonos a medida que la muerte se arrastraba por nuestra sangre y llegaba al corazón en pleno sueño. Pero era difícil aceptar aquella vergüenza ajena.

Hubo fechas en que lo preparamos todo y yo tenía que correr al baño y arrojar el vino por el excusado. Porque de verdad era algo incomprensible, imperdonable si nos poníamos a sacar la cuenta y pensábamos en los problemas que crearíamos entonces. Estaban las dos niñas, y Alonso con su seguridad de siempre. Y estaba mamá, sus lamentos posteriores, su tristeza, no sólo por mí, por supuesto, también (y esto sobre todas las cosas) por el que quedaba vivo y como única víctima. Tal vez por eso la lluvia ahora me parezca demasiado insultante, tenebrosa desde un punto de vista heterodoxo. Pero lo cierto es que estos lamentos y la magulladura que siento en la conciencia son demasiado habituales a continuación de la noche y su cuerpo. Es una lástima, le repito a veces, sin embargo no podemos ir en contra del pasado ni de la historia que se torna tan difusa y trágica. Lo que menos podemos desear es estar juntos. Nada. No hay nada que pueda romper con el destino, sobre todo en estos casos.


Y entonces, lo único que me queda por hacer es encender un nuevo cigarrillo, evitar verla dormir seguramente inventando que esta vez sí, el pacto se completa con un final mutuo en donde ya no importan ni palabras ni posibles desenlaces trágicos e hirientes. La lluvia continúa ahí afuera. Las calles, ahogadas de soledad, se bifurcan entre rastros enmohecidos y la neblina que empieza a devorar cualquier presencia. Ella está muerta, soy capaz de aceptar, ahora es sólo un cadáver tendido debajo de aquellas sábanas. Es posible que yo mismo muera en pocos minutos o ya lo esté haciendo. Afuera los perros aúllan escondidos en algún rincón tibio. Y el cigarrillo avanza. El humo carcome cada milímetro de papel entre mis dedos. La miro nuevamente y es como si esta fuera la última vez. Quizá sea lo más aconsejable imaginar que de verdad estará muerta; la escucho gemir, soñar un último sueño. Pero las palabras cansan, por eso me detengo en la primera frase que soy capaz de gritar y sólo hago como si quisiera atrapar mi sombra. Desterrarme de todo recuerdo. Me acerco a la cama y la veo desnuda en la pared y desnuda, también, desde su cuerpo cansado y ebrio. Quito el cuadro con sumo cuidado y lo arrastro al salón contiguo. Es la última vez, me digo, la última. Esto debe acabarse aquí. Cuando ya no hay nada más que hacer, recojo sus restos y los arrojo a la basura y vuelvo a los cigarrillos y a los fósforos.


sábado 25 de octubre de 2008

EL MUERTO


Marianela ha soñado con Leopoldo. La madrugada, a pesar del invierno, ha sido para ella un maravilloso repunte entre la playa a todo sol y la calidez de la arena al andar descalza por la orilla; en un primer momento, irreconocible (seguramente por la soledad que percibía desde su deambular lento), pero que, paso a paso, iría descubriendo como aquélla en donde habría transcurrido innumerables escenas de felicidad y ausencia. Sonreía a medida que reconstruía la casita en donde almorzara tantas veces en compañía de los amigos y de él, por supuesto. Aún podía leer las inscripciones en las mesas o en la pared reseca y blanca de la ventana. Intentó precisar el tiempo, las fechas exactas de aquel pasado, sin embargo la memoria no le dio para tanto y se sentó a esperar la tarde mirando la inmensidad fantasmal del mar que tenía delante. No sabía qué pensar; todo se reducía a un montón de imágenes que aparecían por su mente de manera desordenada y que ella las iba agregando a diferentes actos, sucesos que engrandecieron épocas diversas y heterogéneas de una vida que ahora le resultaba inverosímil. Intentó decir una palabra, una simple frase que acabase con ese preludio de tinieblas y lamentos. Sin entender el porqué continuó con un mutismo absurdo, la mirada perdida en el vacío nebuloso del fondo.

Pensó en volver a su intención de un comienzo y mezclarse con las olas hasta desaparecer por completo. Buscó los cigarrillos y se encendió uno. Fumaba con pereza y nostalgia. Sabía que en cualquier momento él aparecería por alguna calle; podría oír sus pasos apenas estuviera cerca, conocía de memoria el silbido y la manera en que le anunciaba su presencia. Anochecía vertiginosamente cuando se puso de pie y empezó a caminar por la orilla; caminó la madrugada entera sin mirar a ningún lado. Para entonces la barriga empezaría a abultársele debajo del vestido. Voy a tener un hijo tuyo, pensaría, y tú que no llegas. Caminó hasta que el mar retornó a su verde diurno, las olas se arrastraban ante sus pies y se alejaban en una actitud servil lejos de sus pasos. Era la mañana más extraña que habría visto hasta ese instante. Temerosa, decidió quitarse la ropa sin perder de vista aquel océano que tenía sólo para ella. Conforme fue avanzando el agua iría dedicándole un sinnúmero de movimientos que la embriagaban y la llevaban de manera rítmica entre manotazos leves y sensaciones reconfortantes. Desnuda parecía un astro diminuto que flotaba lentamente entre aquel universo acuoso y traslúcido. Entonces, mientras se dejaba arrastrar a cualquier parte, con los ojos cerrados abrazaría la almohada que sentía junto a ella. Respiró con fuerza y el aire de la mañana inundaría su interior llenándola de una vitalidad estentórea.


Cuando volvió a la orilla, ya era tarde; tomó el camino de regreso buscando la casita que había dejado atrás la tarde anterior imaginando que él la encontraría en aquel lugar. Apenas la vio, después de algún tiempo impreciso de haber andado, el cansancio la sedujo de modo imperturbable; se sentó ante una de las mesas vacías y se quedaría dormida profundamente. A su alrededor todo empezó a luchar contra todo; las sombras, los recuerdos, los deseos, las lágrimas, los días que aún no habrían transcurrido. Inconsciente, dejó que una de sus manos tanteara en la soledad de la cama, la mesa, pero no encontró a nadie. Estoy soñando, se dijo, pero en seguida abriría los ojos y el mar le entregaría una imagen fantástica de la mañana que se deslizaba sonámbula a cada paso. El sol inmenso llenando por completo la ventanita inundó su rostro. Pensó en quedarse y mirar hasta volverse loca. Pensó que aquello era sólo una imagen que le perturbaba el sueño, sin embargo era incapaz de negar lo que veía: todo era tan real que daba lástima no ser parte de ello. Entonces salió y un montón de aves cruzó la playa, abalanzándose sobre ella como si anduvieran forjando un ritual, necesario para entender lo que sucedía en ese instante y lo que ocurriría a continuación.

Se frotó los ojos levemente, consciente de lo que continuaba pasando. Las olas ahora eran mucho más claras y la arena era una especie de manto blanco que cubría la orilla. Se volvió a desnudar atraída por el grito furibundo del mar inmenso, la barriga abultada a causa del embarazo, los ojos llorosos y una tristeza inaudita al saber que eso se terminaría pronto. Sólo es un sueño, se repitió a sí misma y continuó nadando hasta el mismo centro. Desde ahí volvería a los ojos cerrados, el cuerpo lívido como de quien espera el final de algo. Se dejó arrastrar de un lado a otro. Por momentos las olas esparcían su energía de manera vertiginosa y ella lanzaba un gemido de angustia, pero la mayoría de tiempo la calma parecía ganar la batalla ahí afuera. Hubo un instante en que sintió su presencia y sonreiría emocionada. Sabía que tarde o temprano ambos darían en un mismo espacio y se enlazarían como un solo cuerpo. El sol vibraba en lo alto. Las aves aleteaban siempre yendo y viniendo sobre ella. Hasta que se iniciarían sus graznidos y por fin encontraría la mano, la piel del hombre que también flotaba en el mismo sueño. Por fin estamos juntos, pensó, y se animó a abrir los ojos.

Ahí estaba él, sin verla, sin comprender nada; por más que la mujer lo nombraba y le acariciaba los dedos él se mantenía distante, como muerto entre tanta ola. Estamos juntos, estamos juntos, repetía ella arrastrando el cuerpo hasta dar con la orilla. Estamos juntos. Lo besó, lo abrazó con delicadeza y pasión; lo llenó de memoria y de recuerdos pero ya era tarde; abrió los ojos entre un barullo de sábanas y lágrimas que le bañaban el rostro y entendió que lo había perdido para siempre, que ahora lo abrazaba por última vez, que aquel mar nunca volvería a verlos juntos, a pesar de que insistió aún por la madrugada entera; el hombre ya estaba lejos y no existía nada que pudiera remediar aquella verdad tan hiriente.


miércoles 22 de octubre de 2008

EL DESPRECIO


La imaginó aparecer por la calle que daba al puente sobre el río, con su traje nuevo y la mirada etérea e imperturbable; la vio acercarse, mirar a un lado y otro, segura de hallarlo en algún lugar de la baranda viendo las lanchas alejarse hasta desaparecer detrás de las rocas que se erigían en la entrada del bosque. Sacó los cigarrillos y encendió uno; fumaba entristecida al darse cuenta que él aún no había llegado. Sabía que si tardaba diez minutos más no tendría caso seguir esperando, pero ya la tarde estaba perdida, por eso se quedó como paralizada ante la imagen de la última embarcación que salió del pequeño puerto cuando la noche inició ese deslizamiento sutil a lo largo del espacio que abarcaba su presencia. La gente dejó de cruzar por esa zona de la ciudad; sólo una pareja continuaba atareada a unos metros abrazados y besándose de vez en cuando, atraídos por la luna que se esparcía como un azote de fuego desde lo alto. Ella los observaba con disimulo; tenía la mente cansada, los ojos álgidos por las lágrimas aprisionadas en los párpados. Trataba de no pensar en nada, de mantenerse lívida y serena hasta que le dieran ganas de irse. Por un momento la conciencia le haría fijarse en lo absurdo de su abstracción a esa hora; el cabello suelto que el viento llevaba y traía a su antojo; la ingenuidad de su postura voyeur aun cuando en realidad no le interesase en lo absoluto la percepción de la pareja que continuaba besándose.

Observó el vacío del agua; la avenida al otro lado de la rampa; las luces encendidas de la gasolinería; recordó que con él había empezado a recorrer esa ciudad que las sombras absorbían ante sus ojos, y una lágrima se le escapó como resultado de la lástima que sentía por sí misma; siempre la dejaba de lado, desde un principio él se había develado como un ser innoble y espurio, pero también podía ser tierno, amable; era eso lo que la motivaba ahora a seguir buscándolo en los confines de la memoria; era como si una incierta costumbre la obligara a reconfortarse por medio de ese recurso de expiación y desvelo.


De pronto oyó que la muchacha susurraba un gemido en la oreja de su compañero; ella también habría hecho lo mismo cientos de veces, en el cine, durante la primera cita; en la exposición de arte precolombino; en la sala de su casa cuando a él se le antojaba visitarla los domingos, que era el día en que todos salían de gira, y la besaba con una especie de lujuria impropia, sólo descubierta en esos instantes. Nunca tuvo tiempo para tratar de explicarse aquel repentino alarde de pasión, por parte de Marco, por supuesto; a pesar de que mantenían una relación abierta e iban continuamente a hoteles solitarios desde hacía meses, todo era diferente cuando se instalaban en plena sala de la casa vacía e iniciaban aquel juego perpetuo de la pasión y la entrega desmedida. Era como si a él le excitara la posibilidad de que alguien abriera la puerta y los encontrara totalmente desnudos haciendo verdad un ritual que muchas veces sólo se resumía a los sueños o deseos mutuos. Pero ahora intentaba sacarse de encima toda aquella parafernalia de abrazos que tenía enfrente, continuar con su angustia de mujer mediocre, alargar un poco más la posibilidad de quedarse en el pasado cercano, ya no estancarse en el presente y definirse como un ser a la deriva.

Decidió irse al fijarse en la hora, entonces vio que el hombre volteaba el rostro hacia ella y la miraba fijamente mientras abrazaba a la otra mujer. Aterrada empezaría a correr aullando un dolor agrio. Resbaló al bajar el último tramo del puente y cayó con el cuerpo vacío y los ojos turbios de lágrimas. Él habría estado siempre ahí, a unos pasos. Pero ya no quería pensar más, por eso se pondría de pie y retomaría el camino de regreso; no halló a nadie, parecía como si todo hubiese sido una alucinación sacada de sus temores más fervientes. Volvería a la baranda de hierro, ensimismada, sitibunda; alrededor la oscuridad se esparcía como un manto de muerte; el río rugía debajo, hambriento en su movilidad espasmódica. Y, nuevamente, él sacudiéndose de la modorra del ensueño, imagina que ella ha saltado sin dudar ni pensar. El mozo se acerca trayéndole el nuevo café; vuelve a agradecer y lo observa salir del recuadro de su vista. Bebe admitiendo su derrota, la nota de desprecio por parte de la mujer que acaba de dejarlo en ascuas, aguardando una presencia que, y en este instante lo puede afirmar, resulta irreal, nula para su voluntad de hombre venido a menos. Bebe tratando de alejarse del mediodía y de la imagen del puerto al otro lado, evadiendo la posibilidad de mirar el río adonde seguramente nadie sería capaz de saltar en esta época. Luego sale y se encuentra con una calle extensa, llena de una luz blanquecina, tibia. Avanza sin la menor muestra de rencor o de tristeza, buscando la última parte de su delirio. Y la ve tendida entre las piedras de la ribera, sola, con el cabello mojado y el rostro de quien ha sido torturada antes del golpe de gracia. Se acerca a ella al reconocerla y la gente se aparta con lástima. Era tan joven, dice una mujer y él se echa a llorar sin soltarle la mano.



sábado 18 de octubre de 2008

EL DESEO


A María Inés la encuentras en cualquier esquina del Nuevo Corrales con su vestidito verde y las flores resecas apretadas en una mano. A veces, algún recién llegado se le acerca y la mira con la intención de preguntarle por una dirección o cualquier cosa, sin saber ni entender la posterior respuesta. Si la ves de lejos es atractiva; el pelo suelto al viento, la boca pintarrajeada, las piernas que sobresalen lascivamente haciendo de su presencia un elemento de total éxtasis. Antes entraba al Café Rosa o al Bar del Negro; la veíamos con la mirada perdida de siempre y el cigarrillo que alguna de las muchachas le ponía en la boca para que fuese entrando en calor. Luego la llevaban a una mesa y ahí se quedaba fumando y bebiendo lo que le acercaran o le ofrecieran; no importaba si era ron, caña o vodka; bebía hasta que descubría, cuando intentaba ponerse de pie, que se encontraba completamente borracha. Aun así, se volvía a sentar y seguía con el vaso que le llenaban de manera constante. Al principio, nadie la oía reír, la gente proseguía con sus movimientos de euforia; las prostitutas se paseaban buscando clientes y sillas vacías; los hombres apresuraban la bebida para perder la vergüenza y lanzarse sobre cualquiera con senos y piernas largas. Sin embargo, la risa iba en aumento; muy rápido las carcajadas empezaban a retumbar sin control ni conciencia por el salón repleto. Y las chicas que se le acercaban llenaban nuevamente el vaso, y le metían otro cigarrillo en la boca intentando que se callase; y Pablo Marduz se daba ánimos y repetía lo de las noches anteriores; se ponía de pie ceremonioso en su ebriedad de hombre respetado y la ayudaba a levantarse; y desaparecía con ella a cuestas por alguna calle que la madrugada cubría de bruma.

Tenía veintidós años durante ese tiempo y la hermosura de una golfa predilecta, preparada por la vida para dar felicidad a todo aquel que la mirase y la tomase, cosa que tampoco era difícil, pues muy pronto un gran porcentaje de hombres hablarían de la marca que tenía aún en plena nalga derecha, ocasionada por la mordida del perro unos cuantos meses atrás. Desfilaron ante ella, por ella, sobre ella aprovechando esa belleza angelical que sólo las mujeres idiotas son capaces de recrear sin ningún esfuerzo. Claro que a nadie le interesó nunca saber de dónde era que había salido, o siquiera recordarlo. La usaron a su antojo, cada noche, desde que empezó a aparecer por el sendero que daba al pueblo y se sentaba en la plaza anacrónica a mirar las estrellas o las nubes. Las primeras que se acercarían, tratando de jalarla a su bando, serían las mujeres del Bar que mantenía Lucas Barrionuevo; celebrarían con carcajadas y aplausos su nombre discreto, su edad, su tristeza y las lágrimas que derramaría al final de la primera ronda de vasos y botellas. Entonces era la Fiesta de la Virgen de la Soledad, en honor a la provincia homónima y a alguna pintura que encontraron unos ladronzuelos en la parroquia de la ciudad principal. Esa noche el cielo parecería un infierno de luces y humo, por la cantidad de juegos artificiales que se usaron. A ella la alistaron como regalo para el amo; la bañaron, le pusieron ropa nueva y hasta la empaparían con un poco de esa colonia que usaba la mayoría de damiselas nocturnas. Después de la medianoche, habiendo terminado el alboroto de los cohetes y demás artilugios la subieron a la habitación y la dejaron allí. No te muevas, le habrían dicho, y ella se quedaría estática hasta que el hombrecito regordete apareció y le quitó la ropa como por arte de magia. Esa sería la primera vez, o el inicio de un centenar de primeras veces. El problema se originaría a causa de que el hombre, apenas la penetrara, sentiría la sangre tibia inundando sus testículos y vientre amplio. Sin ninguna duda, lo primero que se le vendría a la cabeza estaría ligado al hecho extrañísimo y casi inolvidable de haberse tirado a una virgen. Y él lo gritaría a voz en cuello. Sin embargo, imaginando que una semana de labores sexuales con la muchacha la dejaría lista para el trabajo, al tercer día huiría asqueado al darse cuenta de que María Inés continuaba siendo virgen cada noche, y que la sangre no paraba en seguida de la penetración, por más cuidado que le hubiese puesto al asunto.

Muchas ancianas que oyeron la historia irían formando una pequeña secta (que con el tiempo se convertiría en una enorme confraternidad de devotos), la cual se encargaba de elevar oraciones por la santa que había llegado a Corrales para limpiar del pecado a tantísimo miserable. A veces preparaban encuentros en plena calle y se santiguaban con ingenuidad y fe; se arrodillaban rogando por los enfermos o muertos no hallados; y ella que les sonreía les daba esa paz que seguramente andarían soñando. Ya desde entonces la llamarían Santa María Virgen de los Pecadores, cosa que a muchos les parecería gracioso y hasta irónico pero, que, con su muerte, comenzarían a tomar en serio. Y muy en serio si nos adelantamos a la historia y recordamos los cientos de milagros que le prodigaban con tanta euforia, y los cientos de iglesias y capillas que llenaron el país desde aquella época. A pesar de todo, al parecer, la mujer jamás tuvo verdadera conciencia de lo que sucedía a su alrededor; caminaba a solas, igual que siempre, o se embriagaba rodeada de innumerables rostros sin la menor marca de santidad o purificación divina. Después aparecería Pablo Marduz y los demás hombres calmarían su apetito, retornarían a las veladas miserables, a la soledad de las luces y al dinero perdido entre borracheras, mujeres y juegos desidiosos.

A ninguno de nosotros nos pareció raro que un elegante como Marduz se la haya tomado en serio. Sabíamos que no soportaba preguntas ni bromas; era muy capaz de matarnos en el acto o hacer que sus guardaespaldas nos masacraran a golpes, por eso lo veíamos aparecer con respeto y esperar a que la mujer estuviera ebria, rompiendo la calma con sus carcajadas estentóreas. Lo que seguía era cuestión de unos cortos minutos; se arreglaba las mangas de la camisa, les lanzaba una mirada de afirmación a sus acompañantes perpetuos y se levantaba del asiento sin hacer ruido. Cuando reaccionábamos sólo lográbamos ver la sombra que dejaban a su paso al salir del Bar e irse calle abajo.

Una de esas noches se me ocurrió seguirlos; no podía ser que aquél quisiera monopolizarla sólo para su conveniencia. Desde hacía días que no soportaba la maldita idea de perder la oportunidad de gozar un poco de su desnudez abrumadora, de la cual una gran mayoría no se cansaría de hablar nunca. Yo era de los poquísimos que no consiguió el milagrito cuando se presentó el momento; me daba miedo, vergüenza al imaginar su virginidad absorbida por mi sucia presencia. Hubo veces en que se agrupaban ante la casita de una de las mujerzuelas docenas de miserables excitados ante la posibilidad de abrirse paso ante ella. Los veía salir enseñando las manchas de sangre en el pantalón y las manos, y era terrible para mí aquel espectáculo tan monstruoso. Por suerte Fabiola se dio cuenta a tiempo y empezaría a disminuir la clientela a sólo seis o siete visitantes por día; “que se puede morir, coños”, aullaba la forma rechoncha al ordenarles que se marcharan y que hicieran turno para los siguientes días. Llegaban de lugares imprecisos; arrastraban caballos, carruajes lujosos. Muy pronto la casita se convertiría en un caserón (“El Palacio de la Española”); adornos de mil lugares diferentes adornarían cada esquina, cada habitación y los salones inmensos en donde los visitantes se pasaban el día aguardando la hora señalada. Pero aquello se desmoronaría muy pronto; a María Inés no le agradaba la manera cómo la trataban y, mucho menos, el encierro; y una tarde saldría semidesnuda, huyendo hecha un guiñapo de persona. Las chicas del Café la volverían a traer consigo y la cuidarían hasta que volvió a recobrar su peso perdido y su afán callado por el cigarrillo y las bebidas de diferente tipo

Los vi seguir por la callecita, caminando un poco a tientas. Él la abrazaba como se abraza a la misma muerte, despacio, dócil ante la tibieza que ella emanaba desde su cuerpo delgado y ebrio. Cuando llegaron frente a la casa que él acababa de comprar me arrojé sobre un montón de piedras para que no me viera, pues volteó la mirada hacia donde yo lo espiaba, guiado por una especie de seguridad que me haría temer lo peor. Por suerte no insistió con la búsqueda y volvió a unirse a la mujer que aguardaba sentada en la entrada. Los vi entrar, encender la luz y convertirse en una especie de espectros que mi mente diseñaba en actos confusos. Al principio pensé en dar media vuelta e irme, pero algo me decía que debía quedarme, insistir y enterarme de lo que se trataba aquella huida y postrer desaparición. Me fui acercando hasta llegar al zaguán de la casa; esperé un rato a que el hombre saliera y me corriera a balazos, suponiendo que me había escuchado; pasaron minutos interminables y nada; entonces me aventuré más y logré llegar al ventanal del dormitorio principal rodeado de helechos y otras ramas que separaban la casa del patio. Hurgué, levanté un poco la cabeza, rocé el espacio vacío del cristal con uno de mis ojos y lo vi arrodillado ante ella con una túnica blanca y larga; lo vi lloroso, rezando con los ojos cerrados, castigándose por momentos con un grueso azote que llevaba en una de sus manos; ella permanecía sentada sin inmutarse con la mirada perdida en algún punto indescifrable de la habitación, las manos cruzadas sobre el regazo; y te juro que tenía la blancura de una virgen real. No pude más y mostré el rostro por completo; él se daba de azotes sin ninguna misericordia y la muchacha en su postura de caída del cielo, cercada por innumerables velas blancas, me lanzaba una mirada de piedad que me removió el alma. Luego creo que perdí el conocimiento. Ya no recuerdo más; lo único que sé es que ustedes me sacaron del río y que una luz intensa me llevaba entre sí en el instante mismo en que, muriendo ya, me arrastraron hasta la ribera y lograron salvarme.


lunes 13 de octubre de 2008

EL CUERPO


Abrió los ojos cuando alguien, en algún lugar, repitió su nombre. Era extraño que aquello le sucediera, pero no tenía miedo. Terminó de despertar y se animó a ponerse de pie y a acercarse a la ventana. Desde allí descubrió una noche intensa, sin rastro. Quiso acostarse nuevamente, encender la luz; sólo atinaría a cruzar la puerta de su habitación y empezaría a bajar las escaleras. Sabía que su madre dormía profundamente, así que no había problema si hacía ruido al deambular por la sala en penumbra. Cuando salió al patio encontró a los dos perros doblados en un rincón como huyendo del frío y de la soledad de la madrugada. Sentía el camino de piedra adhiriéndose en cada uno de sus pasos. Caminó sin prisa, segura de a donde tenía que llegar. Entonces volvió a subir por la pirca, de memoria. Apretó el cuchillo en el interior de su casaca y sintió el frío del metal, la tibieza de la sangre que empezaba a brotar del corte que se había hecho. No maldijo ni le importó. Contó los veinte pasos y se acercó al lindero del pozo. Apenas se agachó hurgando en el suelo la hendidura por donde escapaban los gritos, los perros comenzaron a aullar muy cerca.

Desesperada por el ruido desgarrador, cogió a ciegas algunas piedras y las arrojó con dirección a las sombras que se arrastraban a unos metros. Luego el silencio sería total. Conforme iba amaneciendo se iría dando cuenta de que se hallaba casi hundida en un hoyo que ella misma había creado en más de tres horas de ir despedregando aquel recodo desierto. Vio sus manos hinchadas, la sangre reseca que se mezclaba con la tierra adherida a sus dedos. Sabía que el dolor existía, que si quería podía echarse a llorar o iniciar la carrera a la casa. Algunos caballos se acercarían a la cerca y la vislumbrarían desconsolados en la imagen deslucida que proyectaba de manera tan ingrávida. Era como un fantasma sucio arremetiendo en contra del tiempo y la tristeza de la mañana. Los observó beber del pozo sin perderla de vista, ansiosos ante cualquier movimiento que ella intentara . Los ladridos de uno de los perros le devolverían la conciencia instigándola a buscar el camino de regreso. Nora, la mujer que se encargaba de la cocina, alerta a sus movimientos desde hacía mucho rato, la espiaba doblada bajo la ventana de su cuarto en el primer piso. Fue la única que la oyó salir; estaba acostumbrada a la artrosis que le absorbía el sueño, por eso , apenas escuchó los pasos desgarrando la soledad del patio, deduciría de quien se trataba sin necesidad de salir en su búsqueda. Ahora la veía acercarse, lentamente, mirar el cielo tratando de alcanzar algo que no entendía qué era, sacar la navaja y elevarla hacia el espacio nebuloso. Era incrédula a lo que tenía enfrente; se imaginó presa de una pesadilla terrible, y volvió a la cama y se cubrió con las tres frazadas, y cerró los ojos con fuerza, hasta que le ardieron los párpados; en seguida volvió a ponerse en pie y caminó, otra vez, hasta la ventana. La muchacha seguía llegando, acercándose sin darse cuenta de nada. Y de pronto la vería caer, quedarse estática con la mirada perdida en lo alto. Intentó gritar, salir en su ayuda; y se descubriría pegada a la pared sin poder moverse.

El resto no lo recordaría nunca. Cuando, una semana después, recuperó la conciencia en la cama de un hospital, no tendría noción de nada. Vio a la pareja que la miraba con lástima; los escuchó hablar, tratar de buscar razones, si es que las tenía, para todo lo que había ocurrido. No podría emitir una sola palabra; oía lo que decían, lo que preguntaban, pero no tenía reacción para hablar o recordar. Entonces la dejarían sola; y ella volvería a cerrar los ojos, a perderse en la visión de Ariana que se elevaba como un fantasma insensible, que volvía a estar de pie y entraba a la casa con su rastro de muerte. Rezaría en voz alta a todos los santos que la acompañaban desde muy pequeña, temblando ante la posibilidad de que la desgracia se instalara atraída por el espectro de aquélla a quien tanto quería. Saldría del dormitorio a toda prisa e ingresaría a la cocina; dudó en continuar sola o despertar a la mujer que dormía en la habitación grande; volvería al comedor segura de la presencia de alguien; era como si las sillas hubiesen sido arrastradas de su lugar de siempre. Pero quizá ha sido el miedo, la desesperación, se dijo, al comprobar el orden habitual.

Más calmada, con la determinación de obviar el susto de un principio y comprobar que todo no había sido más que el producto de la mala digestión y el demasiado comer de la noche anterior, subiría las escaleras intentando tararear alguna melodía olvidada en un pasado lejano. Empujaría la puerta, a continuación, y entraría acomodando su cuerpo amplio, intentando no hacer ningún ruido. La luz tenue del amanecer le mostraría un rostro infantil, hermoso y traslúcido como no volvería a ver jamás en muchos años. Se acercaría sigilosa, feliz de aquella visión reconfortante que tenía para sí, y una voz ahogada rompería la magia de aquel instante, una voz que le removería hasta la última célula. De prisa abriría los ojos, y lo último que lograría observar sería la mano de la muchacha, el cuchillo en alto manchado de sangre, y la voz que se hacía eco, el rostro de Ariana tan blanco como la luz misma, con la mirada absorta en un punto indefinible. El frío volvería a inundar su cuerpo. Sentiría los dedos adoloridos, los pies hinchados y tiesos, la saliva que se adentraba en su garganta, pesadamente. Y más cerca el relinchar de los caballos, los perros ladrando a su alrededor, la lluvia que amenazaba entre cientos de nubes sombrías. Y aquella voz que no se iba; una mano que la sostenía, que la dejaba caer en lo profundo del tiempo; el sonido de pasos cerca, palabras incomprensibles rompiendo con la inercia de su memoria; el despejar la mirada y verse enterrada entre piedras y tierra, a punto de perder la última bocana de aire. Y la lluvia inundando el mundo; sus pies mojados y la voz repitiendo su nombre.